La infancia es el único momento que podemos vivir sin ejercitar el recuerdo. Es difícil determinar el momento en el que esta etapa acaba, el momento en el que empezamos a rememorar el pasado como si fuera otra cosa. Muchas de nosotras compartimos el mismo primer evento a partir del cual se nos denomina, de manera externa, mujeres: la primera menstruación. Ese «ya eres una mujer» del que nos habla Lucía Jiménez, tan común, cada una lo vive de una manera. El cambio social y de identidad que supone, aparentemente de la noche a la mañana, es francamente triste. Eres diferente porque se te mira diferente. Esa nueva mirada demanda un comportamiento nuevo, y esa novedad es la que empieza por pincelar la primera nostalgia. «Si no hay sangre no se llora», es el verso con el que cierra Lucía Jiménez el poema que encabeza este libro, concediéndonos así una suerte de permiso para llorar sobre esta herida abierta de tiempo.
La voz de Sin sangre se sitúa a la deriva en la juventud, en un tiempo determinado por la autopercepción de ser la hija de alguien, proyectada hacia el futuro con la única infancia que le queda por reproducir: la de sus propios hijos. En este poemario, Lucía Jiménez plantea la infancia como la piedra angular de tu identidad, y aquellos espacios en los que se desarrolla —la casa, las calles, el pueblo— como, inevitablemente, tu sitio.
Candela de Pablos Águila