En La sangre encendida, Alberto Salamanca llega con la tercera herida hernandiana: la del amor. Tras la herida de la vida en Versos de la enredadera y la herida de la muerte en Jardín de mi agonía, este libro ahonda en un territorio donde el amor se dice y se desangra, se afirma y se resiste.
Aquí el amor nace en la cotidianidad y se sostiene en el cuerpo, en la realidad física como amparo frente al absurdo de la existencia. Es un amor que se levanta contra el olvido y rescata el júbilo, el gozo y la plenitud, pero que también nombra la rutina, la quiebra de las ilusiones, las derrotas diarias. El tiempo pasa, la memoria dialoga, y el amor —atravesado por ambos— se transforma hasta llegar al distanciamiento, el desaliento y la aflicción. La herida se profundiza.
Con una voz directa y tensa, La sangre encendida traslada la compulsión de un imaginario donde conviven pasión y dolor. El lenguaje oscila entre lo coloquial y lo barroco, entre la hondura espiritual y la fragilidad, entre la sobriedad y la intensidad. Un libro que conmueve, deja huella y confirma a Alberto Salamanca como un poeta que escribe desde la herida para decir, sin concesiones, la verdad del amor.